Hablábamos sobre los factores determinantes de la humanidad, aquellos que prevalecen ante el caos, aquellos que se mantendrán en pie ante todo momento demostrándonos así cuáles son en realidad nuestras más profundas prioridades. Hay tres fases del regreso a la bondad, tres pilares. Tres acciones, sentimientos, verdades que necesitamos comprender, entender, respetar, asimilar y confirmar. Para así poder conectarnos, canalizarnos y potenciarnos. Sentimientos que veremos aflorar y que gracias a ellos nos esculpiremos de la piedra en que nos convirtió la ceniza del dolor y la crudeza.
El primero es la fe, la necesidad de tener algo en que creer, el abrazo y cobijo de nuestras esperanzas morales, aquello que nos da consuelo ante todo el desconcierto, aquello que nos ayuda a sin duda tener el valor de seguir aprendiendo las preguntas existenciales que llevaremos ante el gran juez y el legado que dejaremos a nuestros pequeños. Las lecciones de vida.
El segundo es la estabilidad, la potencia que equilibra la estabilidad emocional, con nuestras capacidades, así como el sustento, para nuestro hogar y nuestros seres queridos. El cual tiene la rama de lo emocional, con lo laboral, la economía estable de futuro basada en la superación de los errores del pasado y la visión de futuro, el equilibrio puro entre lo que somos y lo que queremos poder hacer.
El tercero es la defensa, la sensación de estar a salvo, de tener nuestras espaldas cubiertas, de saber que no hay dolor que nos pueda vencer pues tenemos el soporte necesario para avanzar, aquella vara moral que nos acompaña en los valles de sombra, aquella fuerza que defenderá todo lo que amamos, lo que nos quitará del miedo y la soledad.
Estos tres fundamentos existenciales, estos tres pilares de la estructura, estás herramientas de la estabilidad son las que la humanidad encuentra cuando se enfrenta a la realidad de los miedos. A la verdad de que ante el dolor... La esperanza se construye con valor.