
El mercenario, por Víctor González Moreno - Primer Premio Imprimátur de Relato Breve 2.0
EL MERCENARIO
Como un cuchillo, siente como entra la luz por las rendijas de sus ojos, cuando el aporreo de la puerta hace temblar los vidrios de la ventana. Por un momento, sobreviene una breve sensación de náusea. Como un muelle que es liberado por un resorte, su torso desnudo se eleva, casi con la misma fuerza con la que su cráneo maltrecho por el alcohol se golpeó con una viga. Es lo que tiene despertarse en una buhardilla ajena. Que uno, no sabe a qué altura está el techo, ni quién aporrea la puerta.
Tras un vistazo alrededor, una profunda reflexión sobre la intensidad de este momento, que como no podía ser de otra forma, trae a este mundo un sonoro eructo. Eso sí de limón con un leve toque de Finlandia. El aroma del regüeldo lo transporta al último recuerdo verdadero de su pretérito más cercano. Cree entrever un garito de la peor calaña, de los que recogen, pronto o tarde, a todos los perdidos. Esos que poco a poco desaparecen de las cuadrillas de amigotes, en una clara maniobra evasiva. Y es que hay sujetos que, una vez el alcohol llega a la sangre en suficiente cuantía, sienten la liberación personal que esto supone. Prefieren entonces la compañía de semejantes.
Pero solo son las dos de la tarde, demasiado temprano para que el cerebro procese bien la información. Como pronto, esto, ocurrirá a las seis de tarde, tras la ducha y la ingesta de algún tipo de alimento. Otro pulso de dolor recorre su cerebro, entra por el oído izquierdo y va derecho a su sistema nervioso central. Se echó las manos a la cabeza esta vez no es la viga, es el ruido proveniente del aporreo de la puerta se hizo insoportable.
─¿Quién eres tú?, tapate mamarracho, que estás con todas las vergüenzas al aire, y en esta escalera vive gente de bien.─
El tipo entra, sin pedir permiso, con paso firme, este pequeño enano de pulcra impedimenta y zapatos brillantes, se mueve como una jodida mosca verde sobrevolando un pastel.
Si ya de por sí es difícil mandarla al otro barrio de un manotazo, cualquiera lo consigue medio muerto.
─Pero, ¿te quieres tapar?, ¿Dónde está Mónica?, tengo que hablar con ella, joder, me prometió que hoy se iba a hacer cargo de los niños, y como siempre no ha venido. Menuda, hija de puta está hecha.─
En un desesperado intento por suavizar el nivel acústico de la situación, abre su boca, y piensa, pero no dice en voz alta, «por favor, no me encuentro muy bien sería usted tan amable de bajar la voz».
El otro lo observa, lo ve con los ojos inyectados en sangre, desnudo, oliendo a tigre. No es que le culpe del estado en que se encuentra su ex, pero un hombre de negocios, no tiene mucho tiempo que perder y constatar que en lugar de contestar a sus preguntas, este solo lo mira y mueve la boca de arriba a abajo, sin mediar palabra, lo pone frenético. Y grita más aún:
─Idiota, arráncate al menos esa sábana de la cara y tápate, que me estás haciendo sentir vergüenza ajena, degenerado, degenerado de mierda.─
La mosca continúa con su baile. Él lo mira, con los gritos en aumento, el umbral del dolor baja y unas lágrimas que escuecen acuden de inmediato a lubricar los dos orificios de pis en la nieve que tiene a estas horas por ojos. El recién llegado prosigue con su parloteo, y el ya no lo escucha. El dolor de cabeza se lo impide. En medio de todo esto se arranca la sábana, una funda de almohada que tiene pegada a la cara, otra sensación más y nada agradable, por lo visto, estando en brazos de Morfeo este ha tenido a bien provocarle la necesidad de vomitar, pero eso sí sin despertarle. Con el trapo potado, arrancado de la cara, improvisa un pañal mientras sigue observando a la mosca. Aún con el tono más alto si cabe, prosigue en su empeño de que le dé el paradero de la tal Mónica. ¿Quién narices será Mónica? , mira alrededor buscando una foto en la pared, o en algún mueble, ni pum nada que hacer al respecto. Lo único que hay en la buhardilla que nos puede hablar de la inquilina, ya que nada hace pensar que nadie en sus cabales pueda ser propietario de un antro semejante, es un díldo del tamaño del termo de un vigilante de seguridad. Una sonrisa, sobre la que columpia su lengua mientras trata de humedecer sus labios, aparece en medio de una profunda reflexión introspectiva. Menos mal que el consolador, está impoluto en una estantería. Por si acaso, mientras la sonrisa se transforma en un arco de la M de Mac Donald´s, sus ojos se dirigen hacia dentro de sí mismo, realiza un control de daños. No le duele el culo, que alivio. Llegados a este punto, el enfado del trajeado es tal, que los gritos se están oyendo en el portal, cinco pisos más abajo y en la churrería de al lado, en plena plaza de San Miguel.
José Marí el churrero mueve la cabeza a izquierda y derecha, sonriendo mientras escucha los gritos que le llegan por la salida de humos de la freidora. Venga una docena más y os marcháis que son las dos de la tarde y quiero cerrar. Los dos legionarios lo miran, como dos perros decorativos de la bandeja trasera de un R8 mueven la cabeza arriba y abajo. Uno de ellos, cambia súbitamente la expresión de su cara al creer reconocer la voz que viaja por el tubo de aluminio desde veinte metros más arriba.
En medio de la buhardilla, sigue la gresca, nada ha cambiado, aparentemente en este lapso de tiempo. El más bajito grita y grita, ha recogido del suelo de al lado de la puerta un montón de requerimientos de pago de luz, agua, seguro del coche, y los sacude enérgicamente a la altura de los ojos de nuestro protagonista, que en ese momento bizquea porque está mirando a un libro que está justo detrás de ambos, en una sencilla estantería color mostaza que se encuentra en la espalda del gritón.
Este harto ya del paroxismo de su interlocutor trata de empujarle con un golpe en el pecho. Como si de un baile se tratase, con un ligero giro de los pies acompañado de un paso hacia delante, los dos sujetos giran 180 grados. Uno por su deseo y el otro por que no esperaba una reacción semejante y no entiende lo que está pasando. Medio segundo más tarde la estantería que estaba delante está a la izquierda y el libro en su mano. Un segundo más tarde, el gritón deja de serlo. El arco que ha definido la mano para asir fuertemente el libro ha terminado con el canto superior de este, estampándose en el cuerpo cavernoso de la nariz del mismo. El etmoides, se ha roto y aunque el golpe no ha sido lo suficientemente fuerte como para lanzar hacia dentro del cráneo los trozos del mismo, nuestro ex gritón amigo los está saboreando en su garganta, junto con algunas porciones de cartílago nasal y de pituitaria amarilla. El pequeñín no va a volver a disfrutar del aroma de nada en lo que le reste de vida. Como necesita ganar algo de tiempo, un segundo golpe, golpea desde enfrente y hacia atrás la nuez de adán del sujeto, que sin poder respirar, ahora si cae redondo al suelo.No está letalmente herido, pero desde luego va a necesitar algo de tiempo y ayuda sanitaria profesional para volver a ser el que era.
Una inspección más en profundidad de la estancia hace protagonista de la mirada a un teléfono fijo. Una llamada más tarde la ubicación su teléfono móvil se pone de manifiesto, y quien sabe si de paso, la identidad de la tal Mónica, tan nombrada esta ¿Mañana?. Si bueno, son las dos o eso pone en el celular. Nada, no hay nombre que identifique el número en el iphone, ni mucho menos, foto, correo electrónico o información alguna de ese teléfono en cuestión. Con el gritón fuera de juego, lo que procede es darse una ducha recoger las pertenencias personales y marcharse de allí pitando.
La extraña sensación de estar olvidando algo importante, se apodera de el por un instante. Pero la certeza de que, como siempre, este supuesto en un momento u otro le será revelado y un intenso ¿olor a churros? Lo ponen en movimiento.
Una ducha, más tarde y ya casi vestido, solo determinar la ubicación de los zapatos se transforma en un problema. Finalmente uno aparece, y el otro... Está con los calcetines dentro del tambor de la lavadora, por cierto, meado.
El visitante inesperado sigue tirado en el suelo. Está semi inconsciente, boca abajo chorreando sangre por la nariz y la boca, el sabor a hierro de la misma inunda sus papilas gustativas, no es capaz de moverse, solo tiembla. Emite un ruidito curioso producido por el aíre que sale de su inflamada garganta. Una pesada presión en su espalda, a la altura de su culo lo saca de su letargo, trata de gritar por el dolor, pero sencillamente no puede. No sale el grito, no sale nada, tan solo obtiene dolor, aún más dolor. Con la actitud propia del ciervo que con la bala del cazador en el pecho se sabe derrotado, deja caer su cabeza ladeada sobre el frío suelo de terrazo y comienza a lagrimar.
Ya totalmente vestido y sentado sobre su víctima, con mano firme, el borracho, usa el cinturón del caído para inmovilizar brazos y piernas. Y la cuerda de una cortina para atar el cuello ligeramente levantado al conjunto de extremidades, si mueve alguna de ellas simplemente la cuerda tirará de este y tras el golpe recibido en la tráquea la sensación será absolutamente insoportable. Tras despojarle del reloj, los calcetines y los zapatos, que por fortuna son de su mismo número, ya solo le resta, recoger el libro y ojearlo. Una auténtica joya, una segunda edición del Sitio de Zaragoza, de los episodios nacionales de Benito Perez Galdós. Una buena parte del mismo, discurre, justo en la plaza que está debajo. Lee un par de episodios y disfruta con la lectura, lo limpia cuidadosamente y lo deposita con delicadeza en la estantería en la que descansaba media hora antes.
Cuando está abriendo la puerta para salir, una última mirada a la estancia, pone ante sus ojos , un paquete de Camel y un Zippo, sonríe, el día no puede empezar mejor, una conquista misteriosa, un nuevo amigo, una buena ducha, zapatos de marca y tabaco por la cara y de su marcha favorita.
Víctor González Moreno
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